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Rabietas infantiles: qué son y cómo acompañarlas

24 sept
3 min de lectura

Las rabietas generan en los adultos una mezcla de frustración, impotencia y vergüenza, sin embargo, forman parte del desarrollo emocional de los niños/as y por ello es habitual encontrarlas en sus primeros años de vida.


¿Por qué aparecen las rabietas? 


En edades tempranas, los niños aún no han desarrollado ciertas áreas cerebrales involucradas en el autocontrol (corteza prefrontal), sin embargo la zona encargada de las emociones intensas (sistema límbico) está operativa desde los primeros momentos. Además, su lenguaje aún es inmaduro, lo que dificulta una comunicación eficaz y menos primitiva. Es decir, a edades tempranas, cuando un niño tiene una rabieta, su cerebro se ha desbordado, no está intentando manipularte. 


Una rabieta es una manifestación del malestar emocional, seguramente producido por no conseguir lo que se quiere, tener que dejar de hacer algo que gusta, esperar, compartir su juguete, cansancio, sobreestimulación, etc. Tiende a expresarse mediante llanto, gritos, oposición o dificultad para acatar límites o normas. Por otra parte, cuando el niño/a se encuentra alterado, su capacidad para escuchar explicaciones y razonar desciende rápidamente, es por ello que intentar convencerle con largos razonamientos suele mostrarse poco eficaz. 


¿Debemos evitar las rabietas? 


El objetivo no es que no sientan enfado, frustración o ganas de protestar, todas las emociones deben de tener cabida. Sin embargo, se deben proporcionar, progresivamente, recursos para expresar el malestar de forma adaptativa y funcional. Es decir, consiste en mantener el límite mientras se valida la emoción sin permitir o justificar cualquier conducta no deseable. De esta forma lo que transmitimos es: ¨entiendo cómo te sientes, pero el límite es inamovible¨. 


¿Qué podemos hacer antes y durante?


  1. Prevenir la rabieta. 


Este paso consiste en anticipar los cambios de actividad (ejemplo: ¨hacemos un trato, te tiras dos veces más por el tobogán y nos vamos¨) para que a su cerebro le cueste menos procesar el cambio. 


  1. Mantener la calma. 


No siempre es fácil mostrarse tranquilo, pero es importante saber que las emociones son ¨contagiosas¨. Si el adulto presenta desesperación, gritos o amenazas, la reacción del niño será aún más intensa. Es posible que el niño pare la rabieta ante la amenaza, pero en tal caso sólo estará respondiendo desde el miedo, no desde el aprendizaje y la gestión emocional. 


  1. Validar la emoción.


Validar la emoción no es dar la razón ni eliminar el límite. Se pueden utilizar frases como: 

  • ¨Se que querías seguir jugando y te enfada no poder seguir haciéndolo¨

  • ¨Que te diga que no, hay veces que molesta, ¿verdad?¨

  • ¨Puedes estar enfadado¨

  • ¨Es normal que estés triste por lo que ha pasado¨

  • ¨No pasa nada si no sabes explicar bien qué es lo que sientes¨


  1. Mantener los límites claros. 


Los límites, aunque les enfaden, son necesarios ya que proporcionan seguridad y les ayudan a comprender qué conductas son las más adaptativas. 


Se pueden utilizar frases como: 

  • ¨Sé que estás enfadado, pero no voy a permitir que pegues¨ 

  • ¨Entiendo que quieras seguir jugando, pero ahora toca marcharse¨


Lo más importante es mantener el límite establecido, de forma clara y concisa.


  1. Reducir los estímulos y ayudar a llegar a la calma.


Resulta relevante identificar si la rabieta del niño está siendo producida por algo que quería y no está sucediendo, por ejemplo por un límite, o por una sobreestimulación o cansancio. 


Este quinto paso es especialmente útil cuando la rabieta es producida por una sobreestimulación o cansancio más que por un límite. Para ello podemos acompañarle a un lugar más tranquilo, decirle si necesita un abrazo, hacer un masaje, dar un baño de agua caliente, etc. 


  1. Esperar a que pase el momento de mayor intensidad. 


La paciencia es nuestra mayor aliada. El pico máximo de la rabieta no es el momento adecuado para razonar o enseñar. Sin embargo, una vez que el niño esté tranquilo, podemos hablar de lo que ha ocurrido, ayudarle a identificar qué sintió y qué podría hacer la próxima vez que se sienta así, siempre adaptado a su edad y nivel evolutivo. 


¿Cuándo puede resultar oportuno consultar a un profesional? 


Consultar con un profesional puede ayudar a comprender qué está ocurriendo y a encontrar estrategias adaptadas a cada niño/a:


  • Si las rabietas generan preocupación excesiva o están afectando significativamente al funcionamiento familiar, escolar o social del niño.

  • Si el niño se hace daño a sí mismo o a otros. 

  • Si van acompañadas de contenciones respiratorias intensas que llegan incluso al desmayo. 


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